José Martí recibe disparo. Pero, las ideas no mueren.

José Martí

32 proyectiles de un AK-47 fueron disparados contra la Embajada de Cuba en Washington DC el pasado 30 de abril. Uno de ellos provocó una herida muy seria a nuestro José Martí. Si bien el impacto no fue directo al corazón, ha quedado mancillada para siempre la honra de aquel que, renegando de su origen cubano, ha presionado el gatillo del arma.

Se detuvo tras identificar la bandera del triángulo rojo y la estrella solitaria. Traería consigo su propio estandarte rayado con oprobios en lengua extranjera. Intentó prenderle fuego, pero quiso la casualidad que la lluvia no se lo permitiera. Y allí la dejó tirada, sin importarle cuanta sangre se ha vertido por ella, nuestra bandera cubana.

Sin motivo aparente, este discípulo de la muerte, acribilló a balazos el edificio. Al final, José Martí, herido cerca de su cadera izquierda, permanecía erguido. ¡Tonto aquel que a estas alturas no sepa que “las ideas no se matan”, las ideas no mueren! Sin embargo, no sería esta la primera vez que intentaran hacerlo.

“Parecía que el Apóstol iba a morir (…), que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la Patria. ¡Cuba, qué sería de ti si hubieras dejado morir a tu Apóstol!”

Fidel Castro Ruz (La historia me absolverá – 1953)

Cómo ocurrió la muerte de José Martí.

Bartolomé Masó Márquez

18 de mayo de 1895, Oriente de Cuba. Al atardecer, cuando José Martí se encontraba escribiendo la misiva a su amigo mexicano Manuel Mercado, llegó al campamento el general Bartolomé Masó Márquez (foto a la izquierda). El Apóstol interrumpió el escrito, guardó en un bolsillo de su levita la histórica carta inconclusa:”…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber – puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo – de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”

Gómez no estaba en el campamento. El día anterior había partido con unos 40 mambises, rumbo a Ventas de Casanova para emboscar e interceptar una columna española cerca de Remanganaguas. Era el convoy que conducía el coronel José Ximénez de Sandoval, que horas antes había pasado por allí sin ser detectado.

El 19 de mayo por la mañana regresó Gómez al campamento. Al encontrarse con Masó, lo saludó con un fuerte y efusivo abrazo. Luego, Martí, Gómez y Masó se retiraron a conferenciar. Aproximadamente una hora después comenzó una revista militar. Estaban acantonados allí cerca de 400 mambises, los que escucharon las palabras de Gómez, y de Masó. Lo dicho por Martí ante los combatientes no fue un  discurso, fue una arenga revolucionaria.

Después del almuerzo en la casa de la finca, cuando se disponían a descansar los jefes en el portal, llegó a todo galope el teniente Álvarez, con el aviso de que se habían escuchado disparos en dirección a Dos Ríos. Sin pensarlo dos veces Gómez ordenó “!A caballo¡” y salió a combatir al enemigo.

A su lado Paquito Borrero, detrás Martí, Masó y el resto de la tropa mambisa. Gómez, antes, a cierta distancia del enemigo, le instruyó al Apóstol, que vestía de saco negro, pantalón claro, sombrero negro de castor y borceguíes negros mientras galopaba a su lado, que volviera a retaguardia. Aquel no era su lugar, le apremió. Gómez sabía que su compañero, desbordado de voluntad de lucha, no era ducho en el uso del machete o disparando el remington de manera certera desde la montura de su cabalgadura. Sin embargo, su preocupación era por algo mucho más determinante: el valor trascendente para la revolución de aquella vida.

José Martí recibe disparo. Pero, las ideas no mueren. - 9 mayo 2021

José Martí (foto a la izquierda), lejos de retirarse, decidió avanzar heroicamente, empujado por la idea de que su ejemplo podría arrastrar a una tropa que Gómez apuntaría que en esos momentos flojeaba y le faltaba brío. Sin dudas, en aquellos instantes, recordó que él era el hombre que hacía poco, con su apasionada convocatoria, la había enardecido.

En su mano sólo llevaba aquel mediodía su revólver colt con empuñadura de chapas de nácar, regalo de Panchito Gómez Toro. Martí, cabalgaba junto su ayudante a unos 50 metros a la derecha y delante del general en jefe de las armas cubanas cuando, sin saberlo, presentaron un blanco excelente a la avanzada española, que estaba envuelta por los yerbazales del campo de batalla.

Al pasar entre un dagame seco y un fustete corpulento caído, los disparos de los emboscados dieron en el cuerpo del Maestro, la luz cenital lo bañó, soltó las bridas del corcel, y su cuerpo aflojado fue a yacer sobre su amada tierra cubana. De su revólver, atado al cuello por un cordón, no faltaba ni un cartucho. Había acontecido la catástrofe de Dos Ríos.

Martí fue impactado por tres disparos. Una bala le penetró por el pecho, al nivel del puño del esternón, que quedó fracturado; otra, que le entró por el cuello, le destrozó, en su trayectoria de salida, el lado izquierdo del labio superior, y otra más lo alcanzó en un muslo. Su acompañante, el subteniente Ángel de la Guardia, que queda atrapado bajo su caballo herido, pudo librarse del peso de la bestia y atrincherarse detrás del fustete caído para batirse desde esa posición con el adversario, escondido en el yerbazal, pero no consigue rescatar el cuerpo del Delegado del Partido Revolucionario Cubano. Con el paso lento que le permite su caballo herido retorna De la Guardia a los suyos y casi al mismo tiempo vuelve, tinto en sangre, Baconao, el caballo del Apóstol.

«El Generalísimo» Máximo Gómez, desesperado por la infausta noticia, se lanza, prácticamente solo, al lugar del suceso a fin de recobrar a Martí, vivo o muerto. Tanto se arriesga el Jefe del Ejército Libertador que en un informe inicial sobre el combate el coronel Ximénez de Sandoval, jefe de la columna española, reporta su nombre entre las bajas contrarias.

José Martí recibe disparo. Pero, las ideas no mueren. - 9 mayo 2021

Diría Máximo Gómez (foto a la izquierda) a Tomás Estrada Palma: «Cuando pude percibir de su caída, lo más que podía hacer lo hice, lanzarme solo a ver si recogía su cadáver. No me fue posible, y puedo asegurar a Ud. que jamás me he visto en tanto peligro. La noticia de fuente española de que yo estaba herido, no dejaba de tener su fundamento».

Una barrera de fuego impide a Gómez llegar hasta el cuerpo de Martí. Lo hallan los españoles y el cubano Antonio Oliva, un práctico conocido por el sobrenombre de el Mulato, alardea de haberlo rematado con su tercerola. Alardearía también de haberle hecho fuego desde el yerbazal. ¿Verdad o mera fanfarronería? Un militar español, Enrique Ubieta, calificó de fantasía el tiro casi a boca tocante de Oliva sobre Martí moribundo.

Al historiador cubano Rolando Rodríguez le parece evidente que el Mulato se pavoneaba de lo que no había hecho porque buscaba que el Ejército español lo premiase con una distinción pensionada. Si desde el maniguaso, como decía, disparó sobre el Apóstol, no fue el único en hacerlo, pues se sabe, por el testimonio de Ángel de la Guardia, que ambos combatientes fueron objeto de una descarga cerrada. Por otra parte, corrige Rolando Rodríguez, resulta imposible con una tercerola, y aun con un máuser, hacer blanco tres veces en un jinete antes de que caiga del caballo.

José Martí recibe disparo. Pero, las ideas no mueren. - 9 mayo 2021

De todas formas, el coronel José Ximénez (foto a la izquierda) de Sandoval anotó a Antonio Oliva entre los combatientes distinguidos en la acción de Dos Ríos y se le otorgó la Cruz del Mérito Militar de Cuba, con distintivo rojo. Pero de pensión, nada.

De vuelta a la actualidad, en Cuba seguimos luchando ante el peligro del gigante de las siete leguas que 125 años después de Dos Ríos, sigue extendiendo sus tentáculos por nuestras tierras de América y no se resigna a no poder doblegar a la pequeña isla de Martí. Por eso, precisamente en el Monstruo, cuando los nuevos Olivas empuñan fusiles de asalto contra civiles diplomáticos cubanos que desde adentro defienden nuestra patria con la moral y las ideas, José Martí una vez más simboliza la resistencia y la victoria eterna de la razón, en ese nuevo impacto de bala que resucita.

INTERESANTE: Una Revolución de 120 000 muertos.